domingo, 1 de febrero de 2015

Perderse en Monte Perdido

(Octubre-2011)


Parar. Tomarse tiempo para respirar. No pensar. Observar, y no tan sólo ver. Sentir, y no tan sólo notar. Olvidarse de sí mismo y de los demás. Borrar las prisas y el día a día. Fundirse con el viento, con la luz y el sol.




Abrir la ventana del Parador de Bielsa a primera hora de la mañana es encontrarse con un regalo de la naturaleza. Altivo e iluminado por la luz del sol nos mira el Monte Perdido desde su altura de 3.355 m. El día está claro, muy limpio, y los colores parecen pintados como en un lienzo. El azul del cielo es, simplemente azul, en una única tonalidad, sin matices y el verde de las hayas empieza a tornarse amarillo  pero el verano está alargando y los colores de otoño se resisten a aparecer.


La subida a la cascada del Cinca parecía más accesible desde el Parador pero la subida es pronunciada y constante y no estoy segura que realmente valga la pena pero seguimos subiendo, el calor aprieta aunque estemos ya en octubre.

Dicen que la naturaleza puede transmitir su energía y su fuerza al fundirse con ella, y la miré cara a cara y la abracé y me llevé una parte de su aliento.




Poco después de 2 horas llegamos a la base de la cascada que cae desde el Balcón de Pineta y, sí, valió la pena! Naturaleza en estado puro. Intento atrapar aquellos instantes, aquella sensación de bienestar y de paz. Desde lo alto de una roca observo y siento el momento. Cierro los ojos envasando en mi mente todo cuanto me rodea: el rumor del agua cayendo, la brisa del aire en la cara, el frescor de la roca en mis manos; luego abro los ojos y me llevo también la imagen del río precipitándose desde lo más alto, y como si pudiera embotellar todas aquellas sensaciones, me las llevo conmigo junto con una piedra robada al lecho del río. Yo, a cambio, le regalo un beso al beber de su agua, un grito y mi recuerdo.


Generosa, la noche nos trajo consigo otro regalo y al mirar hacia el cielo negro y raso, millones de puntos blancos aparecieron salpicándolo entero. Era difícil dejar de mirarlo fascinados por su inmensidad. Aproveché para hacer aquella foto que siempre quise hacer con el giro de la tierra y la estela de las estrellas alrededor de la estrella Polar.



De vuelta a casa me llevo una grata sensación de relax, una buena dosis de agujetas y el recuerdo de una vaca que se enfadó un poquito conmigo.


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